Del gimnasio también se sale

Tuve una época en la que me creía una super pro del fitness. Me pasaba en el gimnasio horas y horas, iba entre seis y siete días a la semana y me podía pasar una media de dos horas, o más. Daba igual las horas de sueño que llevara encima y el cansancio. Sentía una necesidad, una especie de adicción, por ir a mi templo del fitness. Si había un día que no podía me sentía realmente mal. Movía cielo y tierra para poder organizarme e ir aunque fuera media hora.

Rechazaba planes para poder ir a entrenar, si había alguna semana que me tenía que ir el viernes a Alicante para visitar a is padres me llevaba la ropa de deporte para ir a algún gimnasio de allí.

El ir al gimnasio dejó de convertirse en un hábito saludable y empezó a ser una auténtica obsesión. No escuchaba a mi cuerpo, no le daba el descanso que pedía y le alimentaba de una forma bastante pobre. Por lo que, las lesiones se cebaban conmigo pero, aún lesionada, no perdía la oportunidad de ir al gimnasio.

Durante unos meses tuve unos horarios locos en el trabajo, entraba a las 16h y salía a las 03h. Entre que llegaba a casa y conseguía dormirme se hacían fácil las 4 de la mañana. Pero me daba igual, a las 9 de la mañana ya estaba en pie como una campeona, o eso me creía yo, preparada para una nueva sesión fitness.

Sentía que engordaba si no iba al gimnasio

Los días que no podía ir al gimnasio eran realmente horribles. Os prometo que notaba a mi cuerpo engordar después de cada comida. Notaba mis muslos hincharse y me tocaba la papada porque verdaderamente la veía crecer. Me miraba al espejo y me veía horrible, sacaba todos mis defectos a relucir, y me culpaba por no haber sido capaz de ir a entrenar. Evidentemente ese día llevaba una dieta “especial”.

“Especial”: pasar más hambre que Tom Hanks en Náufrago. Solo comía proteína, un poco de fruta por la mañana (un plátano) y brócoli como acompañamiento a la pechuga de pavo en la cena. La opción de meter algún tipo de carbohidrato ese día no entraba en mis planes.

Estaba metida en una círculo vicioso, insano. Dormía de media unas 5 horas, me alimentaba mal y me forzaba a ir a entrenar, aunque ese día no me pudiera levantar de la cama, porque me quería convertir en la próxima Michelle Lewin. ¡JÁ! Por más que me esforzaba, por más que bajaba las kcal de mi dieta, me veía exactamente igual. No notaba los cambios que tanto ansiaba en mi cuerpo, ¿por qué? Mi cuerpo era un coche funcionando en reserva. Era imposible que tuviera mejoras si no le daba lo que pedía.

Un punto de inflexión en mi vida. El momento del cambio

Fue en verano cuando algo en mi mente hizo ¡click!, dejé de fustigarme por no poder ir un día al gimnasio y de obsesionarme por pesar toda la comida que ingería. Deje las largas horas de ejercicio y las dietas restrictivas de lado.

En julio fui a Alicante a pasar el verano, decidí dejar en gimnasio y apuntarme a Crossfit y me fue bastante bien. Entrenaba una hora, hora y media máximo, diaria y los días que realmente sentía que me apetecía, cuando mi cuerpo se sentía fuerte, motivado y con ganas.

Hay semanas en las que puedo entrenar seis días (no al máximo nivel, eso está claro) y hay otras en las que solo voy cuatro, porque mi cuerpo me lo pide o porque me ha surgido un plan mejor y no me siento mal. No me miro al espejo y me critico.

Ya no siento que engorde un kilo por no hacer ejercicio un día. Tampoco me culpo, ni exijo a mi cuerpo más de lo que puede dar, he dejado de darme latigazos en la espalda por no haber “cumplido” un día. Tampoco cuento al milímetro las calorías que como, solo escucho, siento mi cuerpo y le doy la gasolina que necesita: más fruta, más verdura, menos proteína animal y más vegetal.

¿Cuál es la forma que tiene el cuerpo de agradecerme esto?

Cambiando. Consiguiendo mis objetivos, dándome energía, vitalidad y ayudándome a conseguir una mejor versión de mi constantemente. Me siento con más fuerza y, en comparación con los meses anteriores, tengo más fuerza y mejor físicamente.

Dejar la obsesión con el ejercicio es una tarea difícil, pero el cambio tiene que empezar en tu interior. Cuando dejes de medir tu autoestima en base a lo que comes o dejas de comer o las horas de ejercicio diarias que haces, cuando empieces a mirarte al espejo y valorar lo que ves, a quererte y sentirte a gusto con lo que ves empezará el cambio exterior. Recuerda, como es dentro es fuera.

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